HISTORIA (de Akrannia)
Al principio cuando Hasheera la tejedora del tiempo, dibujó en su tapiz el devenir del mundo de los hombres, las señales sobre el futuro de estos, aparecieron por primera vez desde que Tharn formase el mundo confusas, y la Diosa no pudo formular el camino que los hijos de Tharn debían seguir. El tapiz que era a la vez cuna y sepulcro de los humanos, había quedado emborronado por un destello que Hasheera jamás había visto, por una llamarada que había quemado sin remedio el tapiz que debía guiar a esta noble raza. Hasheera gritó, y su grito se convirtió en una gran tormenta que asoló durante cinco semanas las largas extensiones del territorio imperial. Los campos quedaron inundados, los ríos desbordados, pueblos enteros desaparecieron bajo las aguas producto de la desesperanza de la diosa. Los lagos que se crearon durante aquel terrible diluvio, nunca fueron hermosos, y tampoco crecieron frutos de la tierra empapada por el agua. Hasheera lloraba de tristeza, y su llanto anegaba la tierra y mataba a los seres que sobre ella moraban. De esta manera se creó el Mar del Infortunio y terribles bestias crecieron en él. La diosa tuvo que presentarse ante Tharn y exponerle la situación de los hechos, el mundo de los hombres se había perdido y ella Hasheera la quinta deidad no sabía cual era la causa.
Fue así como los hombres dejaron de sentir las voces de los dioses, y tuvieron que guiarse por su nuevo mundo sin el apoyo de sus largamente veneradas deidades, enfrentándose solos por primera vez, a los crueles avatares del presente que se cernía sobre ellos. La magia otorgada por Ahett el Cambiante desapareció y con ella el único vínculo que tenían los humanos de comunicarse con sus creadores. Sin poder pronunciar las palabras de Ahetti (como denominan los hechiceros a Ahett), los dioses se apartaron del camino de los hombres. La población de Tharnes, creyendo que sus dioses les habían abandonado, comenzaron a adorar a falsas deidades, la desesperación corría entre los habitantes del imperio de los hombres, y sus rezos a los falsos entes se hacía más intenso, tal fue la magnitud de su fe, que de lo más oscuro y profundo de las entrañas del planeta, una perversa forma escuchó con deleite los ruegos de los humanos, y subió a la superficie de Tharnies para “atender” sus peticiones. De esta forma nació Jahuun el dios oscuro. Y de sus textos y profecías, los humanos descubrieron el poder del engaño y la corrupción de la avaricia. Comenzó teñida de sangre la guerra de los dos hermanos.
Por una parte estaba Ekceus Alrkaar el hijo menor de la Casa de Handerall, un linaje caído en desgracia por la larga guerra contra los Berrols (medio hombres medio bestias), en dicha guerra habían perecido todos los barones de la estirpe de los Alrkaar, todos excepto Ekceus, que había liderado un ataque hasta el corazón mismo del Clan de las dos Quijadas donde residía el Señor de los Berrols. En un combate sin cuartel los hombres habían conseguido destrozar la primera línea de los hombres bestia, y destruido el trono de las dos Quijadas. Con la cabeza del Señor de los Berrols clavada en el estandarte de la Casa de Handerall, la paz había vuelto a reinar entre los hombres del antiguo imperio. Ekceus Alrkaar era el líder indiscutible de los hombres de Handerall.
En el otro lado se encontraban los señores de Tharnes, una dispar coalición de los más brutales señores de la guerra, que con hierro y sangre habían sometido a una población cansada por la miseria y azotada por el hambre. Los cinco señores de Tharnia habían sido elegidos por Jahuun el malvado profeta de la oscuridad y era el mismo Jahuun el que les imbuya su terrible poder. Bajo el protectorado de los señores de Tharnia, los sacerdotes Jahunitas se esparcían por todo el imperio como una plaga contagiosa, y como la más terrible de las enfermedades, se alimentaba de aquellos más desfavorecidos despojándoles de lo único que todavía era suyo y que pese al azote de los dioses habían conseguido conservar, su espíritu. Vacías carcasas vivientes, recuerdo de lo que antaño fueron hombres, vagaban sirviendo a los pérfidos sacerdotes, de esclavos, soldados o sacrificios para su Dios Jahuun.
Pero la llegada de Jahuun reportó a los antiguos hechiceros la oportunidad que habían estado esperando, ya que su intromisión en el mundo de los hombres, creó como no podía ser de otra manera una disrupción mágica lo suficientemente estable, para que los últimos hechiceros de Zlevic, pudiesen establecer un vinculo permanente entre los hombres y los dioses. Aunque todavía no podían hacerse escuchar, los hombres habían conseguido acercarse un poco más a sus antiguos padres. Y esto fue evidente para Hasheera la tejedora del tiempo, que concedió el poder de la magia a sus hijos predilectos.
Los territorios de Ekceus eran insignificantes en comparación con los de sus enemigos, una décima parte según reflejaban los relatos de viaje de grandes exploradores de aquel período. Pero los hechiceros de Zlevic contaban con el favor de los dioses, y la magia fluía por sus venas más poderosa que nunca. Muchos habitantes de Handerall tenían familiares en las regiones de los cinco señores de Tharnia. Y sabían de su terrible sufrimiento a manos de sus despiadados amos. A Ekceus Alrkaar se le solicitó avanzar contra los territorios de los seguidores de Jahuun. Miles fueron las súplicas, pero Ekceus quería mantener la paz entre los dos pueblos, se sabía inferior en número y no quería ver como su gente caía en manos de los crueles señores de Tharnia. Los tres maestres de las principales órdenes de caballería fueron al castillo de los Alrkaar. También acudieron los caudillos del las montañas escarpadas, incluso los cuatro magísteres de la torre de hechicería solicitaron audiencia con el rey de los hombres. Pero fue un joven peregrino el que decidió al rey durante la audiencia, ante magísteres, caballeros y caudillos el joven levantó su voz, que restalló como el lamento de mil sollozos, enmudeció la sala, los magos se arrodillaron ante la presencia de lo que sin duda era la voz de Tharn. En los tiempos antiguos, Tharn escogía a uno de sus hijos para que hablase en su nombre, como la primera vez que sucedió, la elección no respondía a ninguna virtud a ningún patrón especial, era completamente aleatoria ya que todos los habitantes de Tharnia eran hijos del dios.
La llamada del peregrino fue clara, la atronadora voz del dios llamó a las armas a sus hijos, y Ekceus Alrkaar montó en el corcel pinto insignia de la casa de los Alrkaar. Las tres órdenes de caballería formaron a los flancos de la guardia del rey. Los hombres de las montañas con sus devastadoras hachas formaron el grueso de la infantería. Los disciplinados soldados del ejército de Handerall se ordenaron en silenciosa disciplina. Los magos a lomo de increíbles criaturas aladas, surcaron los cielos dando protección a los guerreros que ocupaban en su desfile las anchas calles de la ciudad real. Un impresionante ejército destinado a liberar a los hijos perdidos de Tharnia. Con sudor y sangre se conseguiría la libertad de los vástagos perdidos del rey.
Una última batalla esperaba a Ekceus y sus hombres, frente a las murallas de la ciudad. La gran manada de Berrols se había congregado y el polvo que levantaban a su paso subía al cielo como una nube. Dicen los que allí estuvieron que el sol quedo sepultado por los vapores de la tierra. Nunca tantas bestias se habían reunido en combate, minotauros y hombre bestia, compartían regimientos, y en apretadas filas llenaban el gran valle del Laurdesdog.
Pero el más increíble de los acontecimientos estaba todavía por suceder. Halergoth, nuevo señor de los Berrols, se adelantó a lomos de un gigantesco buey con su escolta, para parlamentar con Ekceus Alrkaar en el campo de batalla. Ante la mirada perpleja del gran ejército de Handerall, ofreció al general de la casa de Alrkaar el cuerno de mando del gran rebaño, escribiendo en la historia de berrols y humanos una memorable página: Juró lealtad al rey de los hombres, Ekceus Alrkaar. Haciendo valer el tratado de concordia que habían firmado tan solo medio ciclo antes. Los Berrols lucharían junto a los humanos por la salvaguardia de su tierra en común. El hombre y la bestia empuñarían el acero bajo el mismo estandarte como narraban las antiguas profecías que así se haría.
Y de entre las filas de hombres bestia, se adelantó el más anciano y reverenciado de todos ellos, el viejo hechicero Ath Hakshelok gran shaman del clan del colmillo, y fue portador de terribles noticias para todos los habitantes de las tierras de Centrión. En el gran imperio de Tharnia se habían sacrificado a mil seguidores de Jahuun, y mediante complicados y terribles rituales de oscura magia, habían conseguido que la maligna deidad se materializara en nuestro plano de existencia. Con terribles poderes a su merced, y el apoyo de los cinco señores de Tharnia, así como una muchedumbre de fanáticos seguidores, Jahuun, el señor de la noche emprendía su camino por el mundo de los hombres. Pero aunque el dios oscuro ostentaba grandes poderes y el don de la eterna juventud, al entrar en la dimensión de Tharnia, su cuerpo era mortal, una daga, una flecha o la más humilde de las armas lo podían matar. Y con este pensamiento partieron las tropas de Ekceus Alrkaar.
Cenizas y polvo, era todo lo que encontraron a su paso. Tharnia estaba devastada y lo que en antaño fue el paraíso en la tierra, ahora era un gran erial, en el que grandes bosques de árboles muertos se agachaban sobre la tierra, intentando abrazar con sus ramas, las entrañas del planeta. El rey de los hombres lloró aquel día al ver su patria destruida por el egoísmo y la avaricia de aquellos que eran de su misma raza. Desde aquel momento la raza humana quedó fracturada en dos para siempre, mucho debía hacerse para reparar la devastación de un imperio. Todo el ejército apretó el paso, debían llegar hasta el corazón de Tharnia, y debían hacerlo lo antes posible, no podían caer más inocentes en el eterno sueño de Ahett.
Para los profanos que no han leído lo textos de Hermothep de Calistea, que versan sobre la escisión de los cinco señores de la guerra, impuestos por Jahuun, o los poemas de Sahelia de Urientril sobre la caída de Évora, gran señora de Akrania, haremos aquí un breve inciso para explicar cual era la situación del imperio Tharniano, y quienes eran los cinco señores que lo gobernaban.
Para empezar, justo es decir que los Cinco señores no fueron en vida más que humildes almas, que fueron atraídas mediante subterfugios a lo más abyecto del ser humano. Mucho se debatió en la universidad de Merskiavik sobre la predisposición al mal de la mayoría de ellos, y muchos también han defendido sobre la simplicidad de su condición mortal. Es por toda esta intrincada maraña de argumentos que obviaremos centrarnos en lo que fueron, y simplemente contaré en lo que aquellos desgraciados llegaron a convertirse.
Si hubo un lugar en el que muchos habitantes del gran imperio buscaron refugio durante los días mas duros del gran cataclismo ese fue sin lugar a dudas, la región de Akrania. En la cumbre del castigo habitaba el primero de los señores, y el que sin lugar a dudas demostró de una manera muy retorcida ser el más cruel, Évora la señora Akraniana del Norte Tharniano, dominaba con sus inquebrantables seguidores toda la región polar. Los Akranianos habían sido durante mucho tiempo, el grueso del ejército mandado por el emperador de Tharnia Arathio de Yahnur. Pero cuando este murió en el gran cataclismo, la orden de Akrania se refugió en sus escarpados picos y cerró los pasos de montaña a cualquier intruso. Cuando Évora de Yahnur hija legítima del emperador salió de la ciudad al mando del ejército de Akrania, para reclamar el trono del imperio, muchos habitantes vieron en ella el gran milagro por el que habian estado rezando, y su unieron a su causa. Demasiado tarde descubrieron los pobres infelices que la siguieron que la joven emperatriz, había perdido el corazón el dramático día que murió su padre. En la batalla del tercer día (como así se denominó a la batalla que enfrentó a Évora con Lendsravik de Gronderlann, por el dominio de la tierra de Tharnia), Évora envió a la muerte a miles de sus hombre sin sentir el menor respeto por sus almas, y ganó la mítica batalla haciendo avanzar hasta por tres veces a sus hombres contra las interminables filas de arqueros de Gronderlann. Aunque Lendsravik de Gronderland había sido doblegado, el sangriento enfrentamiento había dejado sin recursos a Évora, y tuvo que aceptar la gran oferta de Jahuun, cuando dos ejércitos procedentes del sur de Tharnia, avanzaron hacía ella. Jahuun conseguía así a su primer paladin, y se anexionaba la primera de las grandes regiones del imperio; Akrania. Decidió escoger también a Gurn Lendsravik señor de Gronderlann, ya que de esta manera, el señor oscuro sin prácticamente esforzarse había conseguido la mitad del imperio de Tharnia.
Si hay un nombre en las constelaciones que los seguidores de Kaleb, aprendieron a temer y odiar por partes iguales, este es el de Anuberak el bebedor de almas. Su história, para mal de muchos es leyenda, y me permitiré relatar como Jahunn obtuvo a su tercer señor de la guerra y de como este se llegó a coronar gran archimago de la torre de Isvastália.
Cuando no era más que un muchacho, el joven Anuberak, fué llevado a Isvastália, sede de la escuela elemental y hogar de todos aquellos escógidos por Kaleb, para el uso de la mágia elemental. Pronto el joven mago demostró sus increíbles dotes para las artes arcanas y fué puesto bajo la protección de Maneric, un poderoso hechicero, maestro en el arte de la magia oclusiva. Sin duda este era un gran honor para el joven hechicero, ya que este tipo de saber, rara vez era transimitdo a un neófito, debido en parte a que su dominio era muy complejo, y muchos eran los magos que perdian la vida en los misterios de su extraña conjuración. Pero el joven aprendiz al alcanzar el Hots Abar (la edad de la sapiencia, más o menos los veinticuatro años), fué elvado al rango de maestro y sus dotes con el arte de la oclusión eran más que notables. Alcanzado el punto que su maestro ya nada podía enseñarle, fué enviado de peregrinaje, para que pusiese en práctica lo aprendido en la torre de hechicería. Pero el corazón de Anuberak fué siempre oscuro, y utilizó sus poderes, para alimentar su cada vez más desproporcionado ego. Y tras acumular grandes conocimientos y una destreza incomparable, volvió diez años después de su partida al que fuese su hogar de juventud. Anuberak había oido hablar del libro de Maneric, un poderoso artefacto, que su maestro le había mantenido en secreto. Su determinación a hacerse con el libro era total, y no dudó en derruir piedra a piedra la torre de Isvastália. Los archimagos de la torre trataron de oponerse al poderoso mago, pero Anuberak había forjado poderosas alianzas con los Uwalds, y estos formaban un poderoso ejército a su lado. Ante tan demoledor ataque, el propio Maneric, hizo uso de su poderoso libro y utilizó los hechizos prohibidos de la magia oclusiva. Un potente rayo atravesó la carne y huesos de Anukbar y lo redujo a cenizas, pero este antes de perecer formuló un conjuro mediante el cual separó su alma de su cuerpo, para así poder salvarse. Anuberak transformado ahora en un espectro, asaltó la fortaleza, aprovechando que Maneric estaba al borde del colapso tras formular el poderoso conjuro, le asestó un golpe mortal y se hizo con el codiciado libro. La torre finalmente sucumbió y Fensravik se convirtió en el Palatinado del Rey espectro.
Muchos dicen que Jahunn apareció en nuestro mundo gracias a un podersoso encantamiento de Anuberak o que Jahunn se materializó en Tharnia atraido por el maligno poder del rey espectro, pero fuese como fuese, la alianza entre ambos fué inmediata. Jahunn necesitaba el poderoso ejército Uwald y los poderes arcanos de Anuberak, y este quería engrandecer su poder con la nueva magia de los Jahunitas. Jahunn le dió dos presentes de enorme poder a Anuberak para sellar la oscura alianza, el Orbe blanco, mediante el cual volvió a adquirir forma física, y el libro maldito de Kalandra. Anuberak necesitaba continuamente saciar el orbe con nuevas almas, y así poder mantener su cuerpo humano con vida. Esta maldición también formaba parte de los regalos de Jahunn, y por ella el ejército de Anuberak siempre marcha buscando nuevas batallas que librar y nuevas almas para el Orbe Blanco.